jueves, 20 de junio de 2013

CUENTOS A LA LUZ DE LA LUMBRE Y OTROS RELATOS...

INTRODUCCIÓN

Quién no añora esas tardes de invierno al calor de la chimenea en casa de los abuelos y en el campo. Aquellos días felices en que todo era limpio y sano. Los juegos eran sencillos y sin violencia. No había ordenadores ni móviles, ni siquiera teléfono. Ayudar a la abuela en la cocina era toda una aventura. Hacer pan y galletas era entonces el juego más divertido que se conocía. Las tardes de frío se transformaban al lado del calor de esa chimenea en algo placentero, un ritual que se repetía y era algo obligado antes de dormir.
El abuelo o la abuela según el caso, convertía ese momento en algo maravilloso y excepcional. La entonación de su voz envolvía el ambiente con su tono sencillo y cautivador llegando a rozar la sensibilidad de los oídos. Todos atentos a las viejas historias escuchando con entusiasmo y serenidad. Sabían dar un toque especial, tanta magia que podías llegar a creértelas.  La fantasía dejaba volar la imaginación llevándonos a un lugar recóndito en los confines de un maravilloso universo listo por explorar.

¡¡Qué rico olor a café recién hecho!! ¡Qué bizcochos! Y… ¡qué ricas las comidas caseras!
 ¡Qué historias contaban los abuelos! Y ahora, ¿saben los abuelos contar cuentos?




“Ambientado, en algún lugar del País Vasco (España), que al igual que Galicia, siempre han estado rodeados de un aura de leyendas y misticismo sobre ciertos personajes fantásticos.
Y en homenaje, a mi tierra natal”.



Bittor, como cada noche se sentaba al lado de la chimenea para relatar a sus nietos una historia nueva. Los niños están fascinados de estar con los abuelos que resultaron ser la mejor de las niñeras que pudiesen desear. Últimamente habían dado de lado al televisor, casi no se acordaban de él. El ordenador estaba por ahí en algún sitio de la casa pidiendo auxilio porque nadie le hacía caso. No se acordaban para nada de los móviles ni de jugar a las maquinitas.
Esa noche está lloviendo, reina la paz y la tranquilidad. La abuela remienda unas calcetas mientras escucha la voz del abuelo contar una de sus historias. Los niños están como hipnotizados con el sonido de su voz…


EL GRANJERO Y EL MAGO DE LOS DESEOS

―Escuchad, niños. La historia que os voy a relatar, trata de un granjero que sacrificó a alguien que amaba mucho, por tener riquezas y bienestar…

E
n una pequeña aldea rodeada de campos y huertas, vivía un hombre que estaba cansado de trabajar y quería tener más de  lo que podía.
Un día, oyó cierto rumor entre los aldeanos. Decían que existía un mago que hacia realidad los sueños y a cambio de muy poco. Vivía muy cerca, a tan solo tres días y tres noches de allí.
El granjero estaba fascinado con la leyenda urbana que corría de boca en boca. Supo de casos en los que ese mago les colmó de felicidad aunque no pudo corroborarlo, pensando en ello.
No tuvo que pensárselo mucho… Y un día decide partir para buscar ese castillo en busca del mago. Preparó lo necesario para el viaje cargando el mulo y partió después de despedirse de su esposa e hijas. Y sí, iba tan feliz el ingenuo granjero en busca de la fortuna.
Caminó tres días con sus noches atravesando senderos. Penetró en el bosque y cruzó un río, hasta que una mañana divisa a lo lejos la torre del pequeño castillo.
Al llegar, se encuentra con que el mago parece saber de su inesperada visita.
―Vamos, entra y sacia tu hambre y sed, ya que el camino fue largo. Siéntate siéntete como en tu casa.
El granjero se siente bastante cómodo con el recibimiento tan caluroso del mago, obedeciendo y aceptando la invitación difícil de rechazar ante la presencia de ricos manjares sobre la mesa.
Bebió y comió satisfecho y agradecido por el banquete ordenado y dispuesto excepcionalmente para él. Por un momento se siente especialmente cautivado por el ambiente, como si fuese el personaje de un cuento de hadas. Se respiraba un aroma de suntuosidad y en el aire flotaba un aire a misterio. Estaba cautivado y estremecido.
El mago esperó a que el granjero comiera y disfrutara tranquilo para después invitarle a recorrer el castillo, mostrando todas sus estancias.
El hombre sonríe ingenuo observando todo su alrededor fascinado con esa aventura sin sentir arrepentimiento por el viaje realizado.
Caminaron por un largo corredor donde unas bellas estatuas de bronce, enfiladas a cada lado y correlativamente, muestran el camino. Su rostro muestra cierta perplejidad y más cuando al llegar al final del trayecto ve que falta una. Puede darse cuenta de ello al contemplar el hueco. Se rasca la cabeza sin entender pero aun así no le pregunta al mago nada, solo pudo suponer que quizás se hubiese roto o estropeado.
Entraron sucesivamente en una enorme sala donde al parecer el mago concedía a la gente, los deseos, sentado en su majestuoso trono.

―Bueno, amigo mío― dice el mago en un suspiro repentino―. Tengo entendido que quieres más de lo que tienes.
Al parecer, sabía a que había ido hasta su casa. Había leído sus pensamientos. El granjero estaba atónito.
― ¿Tienes casa?― le pregunta.
― Bueno, sí, pero es bastante pequeña― contesta tímido.
― ¿Tienes animales?― interroga de nuevo.
―La verdad…, tengo algunas gallinas y algún puerco, una vaca, el mulo…― dice con titubeo.
― ¿Tienes dónde sembrar?― pregunta con expresión cavilosa y mientras se acaricia la barba blanca y larga.
―Sí claro, tengo algo sembrado para poder vender― contesta algo inquieto.
― ¿Tienes compradores para tus productos?― interroga haciendo el instante muy largo y pesado.
―Algunos sese…ñor, algo se vende, pero…popo…poco― contesta como si las palabras le temblaran en la lengua.
―También tienes una esposa e hijas muy trabajadoras― confirma como si las conociera, como si lo supiera todo de ellas.
―Sí. Y estoy orgulloso de ello― contesta rotundo y conciso.
El granjero a pesar del pesado interrogatorio no se desanimó. En su mente solo permanecía una cosa: conseguir su propósito, dar una mejor vida a su familia.
―Siento la necesidad de darles una vida más cómoda y fácil. Ganar bastante dinero para vivir mejor. Además, se de gente que lo han conseguido en poco tiempo y son muy felices. Incluso viven en la capital― expuso muy convencido de ello.
―Sabes que mi ayuda es gratuita, ¿verdad?
―Sí,  lo sé.
―Aunque debes saber… que gratis no hay nada en esta vida, ¿verdad?―  expresa el mago arqueando una ceja.
El hombre se queda en silencio por un instante confundido y sin saber qué decir.
―Yo ayudaré a que se cumplan tus sueños, conseguirás lo que ansias aunque…― de pronto detiene las palabras silenciando su ronca voz.
―Dígame, dígame señor― dice animoso.
―Si algún día necesitase algo de ti, si te pido cualquier cosa… ¿tú me la darás?
― ¡¡Claro!! ¡Claro que sí! Lo que usted me pida, no sabría con qué pagarle. Le estaría muy agradecido, eternamente agradecido― expresa emocionado.
―Está bien, el trato está cerrado. Cualquier cosa que necesite de ti, tú me complacerás en ello― especifica señalándolo con un dedo inquisidor. Después le muestra un pequeño cofre de madera―. Toma. Coge una de las piedras azules ―le ofrece sin más―. Tiene un gran poder. Con ella serás un hombre rico y de recursos. Si la proteges bien y guardas en un sitio privilegiado cumplirá tus sueños.
El granjero tentado por sus palabras toma la piedra de gran belleza visual y la aprieta entre sus manos tan feliz que se le escapa una maliciosa sonrisa entre la comisura de sus labios.
Al amanecer el afortunado granjero va de regreso a casa muy orgulloso y encantado con el fácil trato que hizo con el mago. Pensó que había ganado con el acuerdo, que era mucho por tan poco. ― “¡¡Pobre viejo!! Regalar tanta fortuna y sin más”―. Aunque pensando, se quedó algo perplejo al sentir la piedra entre sus dedos al apretar, muy confuso sobre qué clase de poder pudiese tener ese mineral azul, cómo una cosa tan insignificante podría lograr el milagro de hacerle rico.
Al llegar, relata a su familia todo lo ocurrido. Sus niñas aun son algo pequeñas para entender las cosas de su padre, solo sonríen felices al poder abrazarlo de nuevo.
La piedra fue colocada en una cajita de madera y puesta sobre la mesilla de noche muy cerca de donde él dormía para estar pendiente de ella.
Transcurren los días y con ellos llega la abundancia. Apresuradamente la tierra empieza a producir más de lo normal, era como si todo se multiplicara repentinamente. Estaban fascinados de poder recolectar sin casi darles tiempo a nada. Los brotes crecían y los frutos engordaban dando cantidades inesperadas. Las gallinas no dejaban de poner huevos y los compradores aparecían de la nada llevándose grandes cantidades de todo. Sabían que el secreto estaba en la piedra mágica y sonreían por ello, intercambiando miradas de complicidad, orgullosos de su poder.
Pronto se hicieron con una envidiable riqueza, casi sin pestañear. Pronto fueron dueños de varios locales en el pueblo con empleados y todo. Reconstruyeron la casa haciéndola más espaciosa y grande, tanto que comenzaron a llenarla de cosas caras.
Al cabo de un tiempo, una noche en la que dormían plácidamente, ocurre algo que les sorprende al matrimonio. La piedra sin saberse cómo ni  por qué, comienza a resplandecer de tal manera que ilumina toda la habitación traspasando la maciza madera donde estaba guardada. Una voz susurrante y estremecedora le dice al oído…― ¡NECESITO TU AYUDAAA…!―
El asustado granjero recuerda entonces la promesa que le hizo al cerrar el trato. Mira a su mujer y ambos comparten la misma preocupación.
Por la mañana parte hacia la casa del viejo y olvidado mago, subido en su lujoso carruaje con cochero incluido, hacia su destino.
Al entrar en el castillo, éste le esperaba en el gran comedor, tomando una copa de vino ofreciendo al viajero que le agradece, pero contestándole que no quiere beber.
―Aquí estoy, ¿para qué soy bueno, mi señor?― dice sin temblarle la voz.
― ¡Amigo mío! ―exclama alzando la copa suspirando―. Necesito de ti.
―Dígame pues, ¿qué necesita? Ya que todo lo que tengo se lo debo.
―Verás, hace tiempo que estoy solo y aburrido en éste castillo silencioso. La verdad sea dicha, necesito compañía, mi vista se ha vuelto perezosa y no puedo leer como antes. Y, a veces necesito comer una sopita caliente y recién hecha― expone sagaz.
―Y yo, ¿cómo puedo ayudar en esos menesteres?―  pregunta sin entender encogiéndose de hombros.
―Nada tan fácil, como dejar que tu hija pequeña venga a hacerme compañía.
La expresión de su rostro languideció de pronto dejándolo pensativo. Empezó a cavilar un rato…

“Bueno, tan poco creo que sea tan malo que venga de vez en cuando a echar una mano al pobre anciano. Él nos ha dado mucho más y a cambio solo quiere un poco de compañía. Que le hagan alguna sopa, cosa que mi hija sabe hacer muy bien, le sale riquísima, diría yo que mejor que a su madre. Y lo de leerle un libro, el pobre no ve. ¿Qué malo puede tener eso?”
 Meditó en silencio, después dijo:
―Si se mira de esa manera, podría venir unos días.
El mago sonríe perspicaz a la inocencia del granjero. Había aceptado fácilmente movido por su ambición desmesurada. Le prometió que lo visitaría en breve.
Dicho y hecho, una mañana parte la joven damita sin entender el por qué, hacia la casa del viejo mago. El carruaje se detiene ante el portón y ella se baja con su valija de la ropa mientras siente una especie de ardor en su alma, un temor que la lleva al entendimiento de mal presagio. No llegaba a comprender el comportamiento de su padre y el por qué la había enviado a un lugar tan lejano.
―Hola, señor mago― dice haciendo una reverencia tímida.
El viejo sonríe astuto y la observa de arriba abajo pidiéndole cortésmente que preparase té para los dos.
La jovencita lleva las infusiones al comedor dejándolas sobre la mesa. Ella se distrae observando su alrededor toda fascinada por ese ambiente que nunca antes había contemplado. El viejo astuto aprovecha esa distracción de la niña para disimuladamente verter sobre la taza de ésta unas gotitas de un líquido azul, después la invita a sentarse y a charlar con él.
La sed del viaje le hizo apresurarse a ingerir la infusión mientras el mago la observa sonriente y detenidamente como esperando que ocurriese algo. En cuestión de segundos, la joven siente ardor en la garganta y se levanta de la silla caminando desesperada buscando la puerta, ya que se había dado cuenta del engaño y que había sido envenenada. De pie frente al maligno mago clava su triste mirada en la mirada de su raptor, sucesivamente se transforma en una bella estatua de bronce.
Por causas del destino, se convirtió en una más de la colección del largo corredor y al fin ocupó el hueco que faltaba.
Pasan los días con sus noches y no saben nada de la pequeña. Viven preocupados y no pueden dormir, ya eran muchos días sin ella. Tan solo se había comprometido a que pasara unos pocos de días y habían pasado varias semanas.
A la piedra le había ocurrido algo muy extraño fuera de lo normal. Ya no estaba resplandeciente y su color se había apagado transformándose en oscuro y ennegrecido azul. Sintieron miedo y un escalofrío les recorrió la sangre pensando cosas malas y negativas.
El granjero y su esposa decidieron no esperar más y pensaron en ir a por la pequeña al castillo del mago. Partió el padre desesperado llevando la piedra consigo para pedir una explicación. Se llevó todo el viaje pensando en su hija y en las palabras que pudiera decirle.
Llega cansado por el traqueteo del carruaje y aun así sus pasos son acelerados y ansiosos por llegar ante la presencia del mago, con afán de recuperar a su hija.
Al penetrar en la estancia principal pudo sentir un confuso escalofrío que le heló repentinamente la sangre y todas sus extremidades. Busca con la mirada al viejo pero no lo encuentra. Llama a su pequeña a voz limpia y no responde nadie. Entonces recordó la extraña sala de los deseos y se dirigió hasta ella. Al encontrarse con el largo corredor de las estatuas sintió una temible confusión al darse cuenta en la lejanía que el hueco ya estaba ocupado por otra nueva dama de bronce. Sus pasos se hacen lentos y su corazón comienza a latir con temor mientras sus ojos permanecen clavados en esa silueta del fondo. Cuando la tiene a la altura de su mirada, pronto sus ojos derraman dos chorros de lágrimas al contemplar a su hija convertida en una muñeca de bronce.
― ¡¡NO!! ¡¡Por qué!!― grita y llora desconsolado.
En la estancia de los deseos el mago lo esperaba con la mirada fría y sin piedad. Entonces le recrimina haberlo ayudado, recordándole su trato y como él había aceptado.
―Pero mi hija, ¡por qué!
El pobre hombre al dejar de llorar se queda como ido, pensativo, sintiéndose culpable de sus acciones y ambición, recordando dónde empezó todo.
― ¿Renunciarías a todo?― interroga el mago.
¿TODO? Significaba perder las cosas logradas con la magia. Volverían a empezar desde cero, con lo que ya tenían.
― ¿Renunciarías a todo eso?― repite de nuevo, con eco.
Las palabras salen temblorosas de sus labios mientras deja caer de sus manos la ansiada piedra azul, que choca contra el suelo, rodando hasta los pies del mago y las lágrimas caen de nuevo por su rostro apagado. Le explica, que para él, lo más importante son sus hijas y esposa. Ellas, tienen más valor que todo el oro del mundo. También le dijo: que si tenía que renunciar a las riquezas, lo haría, a cambio de que su hija estuviera con él, sana y salva.
―Si es eso lo que deseas, así será. Mañana al amanecer, tu hija regresará a casa y a cambio nada de lo conseguido hasta hoy con mi magia, existirá.
El hombre sale con la cabeza gacha, todo avergonzado y se aleja de ese confuso lugar. Convencido y confiado de nuevo, le relata a su esposa y a su otra hija la verdad de la situación.
A la salida del sol en un nuevo día, llega corriendo a lo lejos por el camino la pequeña, llamando a sus padres y a su hermana, toda nerviosa y con gran felicidad de poder volver a casa.
Todos se abrazan. Y desde ese mismo instante la vida volvió a ser como antes, cada cosa se puso en su lugar. Trabajarán duro y jamás desearán cosas que no pueden obtener y alcanzar, dejando de ser ambiciosos y conformándose con lo que la vida les ha otorgado sin tener que usar la magia para ello.

Continuara....


Espero disfrutéis de la lectura...

Y al igual que otras de mis obras, la publicaré en papel bajo demanda o con Createspace. Estuvo publicada en papel bajo el sello editorial United. p.c, ya esta des-catalogada. 


martes, 5 de marzo de 2013

MI NUEVA NOVELA DE FANTASÍA

EL SILENCIO DE LA MONTAÑA



"Elena es una joven escritora que ha perdido la inspiración repentinamente y un día decide subir a la montaña, sola y en medio de la nada, para relajarse e intentar provocar de nuevo esa musa. La decisión de ir tan lejos la toma también por culpa de una apuesta con de sus amigas y una cierta leyenda que ronda esos parajes. Atraída por el misterio y convencida de ganarla, decide embarcarse en esa loca aventura. Lo que no se espera es, que al llegar allí, una especie de sensación sobrenatural y la presencia de un hombre extraño, la envolviesen en un sinfín de confusos sentimientos, llegando a creer estar al límite de la locura. Los acontecimientos se complican cuando descubre que esa montaña, donde cae repentinamente una gran nevada, encierra más misterios de los que sospechaba,viéndose involucrada irremediablemente y descubriendo que ciertos seres monstruosos (y otros de otra índole) son parte de una extraña vida pasada que le pertenece más allá de sus recuerdos ancestrales, siendo arrastrada a vivir una aventura llena de misterio, donde descubrirá quién es ella realmente y por qué llegó por casualidad a subir a esa montaña".

Espero que disfruten de la lectura. Aquí en este mismo blog, podrás leer varios capítulos de la misma.

Si son capaces de tener espera, pronto la publicaré en papel bajo demanda o en Createspace, al igual que otros de mis trabajos.

miércoles, 9 de enero de 2013

PODER MALIGNO

Este resumen no está disponible. Haz clic en este enlace para ver la entrada.

ANDALUCÍA: GOLPE A LA CRISIS

UN MILAGRO DESESPARADO

Es el título de mi relato, el cual pertenece a esta antología que ediciones Atlantis publicó este verano pasado. Formo parte de un grupo de autores elegidos para mostrar en forma de cuento, las vicisitudes de esta crisis que nos toca a todos, de una forma u otra.
Este es el argumento que el libro muestra en su contraportada:

Desde la caída de Lehman Brothers en 2008, la crisis económica internacional se ha convertido en el personaje central y gran protagonista de estos últimos años en nuestra vida diaria. Multinacionales y bancos que quiebran, desfalcos y blanqueo de dinero, despidos, ciudadanos abandonados, políticos corruptos, manifestaciones, revueltas, la soledad, el aislamiento, y la supervivencia en definitiva, son algunos de los temas que hilan esta antología que forma parte de una colección denominada "Mayo Temático". En ella, 12 narradores andaluces hablan en clave de ¿ficción? sobre la crisis que (arrancó sus motores en los años 80 con la desregularización del sistema financiero) nos ha llevado a la quiebra económica a escala mundial.



UN MILAGRO DESESPERADO


El mirar por la ventana no le soluciona nada, solo siente desesperación. No puede entender cómo ha llegado hasta ese instante, hasta ese endemoniado momento de irritabilidad y soledad. Observa desde esa lejanía, en la distancia, a esos pequeños que juegan en el patio, ingenuos e inocentes, ajenos a la desgracia humana que les rodea. Le hace recordar que tiene dos preciosos hijos a los que no puede ver, porque su ex mujer se los ha arrebatado, porque según ella no le ha pagado la pensión desde hace dos meses. Siempre ha cumplido con su deber, minuciosamente ha llegado siempre a cumplir con los pagos, ahora, ella le falla, porque le debe sólo un par de meses. Se acabó el papi bueno, el papi que pagaba sus caprichos y todas las necesidades de los niños.
Ha perdido el trabajo y, desesperado, no encuentra nada. No le queda nada del paro, solo el último mes. Todo su sueldo ha ido siempre íntegro a casa de su ex, quedándole tan solo 200 míseros euros para pagar la cochambrosa habitación donde habita. ¿Qué le queda para comer? Nada, aíre. No le queda nada. Hasta su dignidad se ha marchitado.
Allí, en ese pequeño rincón, observa por el cristal de la única ventana que hay y desde esa abrasadora soledad, mira y abriga su corazón de esa lejana inocencia que le hace recordar que alguna vez tuvo dos hijos que le llamaban papá.
Piensa en la multitud de gente que recorre las calles últimamente en desaforada manifestación para quejarse porque le han quitado al sueldo… ¡Unos míseros euros!, que quizás le sirviera para un viaje, o unas entradas de futbol… ¿En qué manifestación sale él? ¿En qué grupo se tiene que quejar? ¿En el de los abandonados? ¿En el que ya no les queda nada, ni para malcomer?
—¡Maldita sociedad! Solo viven unos pocos, el resto somos solo escoria —murmura mientras mantiene los puños cerrados.
Siente que ya no es ni eso: ni trabajador, ni persona. ¿Dónde manifestarse, si solo convocan huelgas para lo que tienen un puesto fijo, los que tienen sus pagas, los que van de viajecitos? ¿Dónde está esa huelga que se manifieste por los parados? ¿Dónde está el trabajo digno que le pertenece por solo el hecho de existir?
En el desesperado dolor de una intensa soledad, abrazado por el desamor de sus hijos, del no trabajo, de la sociedad ambigua, se sumerge en un infinito y lejano sentimiento que le hace dudar de su existencia…
—¿Para qué vivir si solo soy escoria, si no tengo derecho ni a respirar porque me cobran dinero por ello? Pagar, pagar, pagar… No tengo para cumplir con esta sucia sociedad. No tengo la moneda de cambio que me da el derecho a comer, a estar bajo un techo digno, ni a respirar. No puedo cumplir con las obligaciones de mi casa y la de mis hijos. No puedo mirarles a la cara y decirles que no tengo para sus necesidades y caprichos. Solo me quedan doscientos míseros euros que debo a la pensión… Entonces, ¡qué pinto aquí! Malgastando el aíre que no merezco respirar… —expresa desolado y perdido.
Es una persona creyente, aunque nunca va a misa. No cree en los curas, ni en esas falsas expectativas religiosas. Siente que hasta la religión pierde adeptos. Para él su creencia solo va más allá de un Dios, de un todo que dirige el universo, que maneja las cuerdas de un reloj donde sus agujas crean horas, que pasan y tocan a cada uno de diferente manera. Un ser que dirige los destinos de cada ser viviente, que protege un Cielo donde descansar cuando la vida respire su último aliento.
Sobre una mesita pequeña, un tubo de pastillas es su punto de mira. Una desesperada salida a la que recurrir. El suicidio es lo único que le queda. Como no es hombre de armas y no le gustan, la forma más sencilla que conoce, es con las pastillas. Unas pastillas fuertes, que le hagan dormir para siempre, soñar eternamente, viajar a lugares bellos y ser una persona diferente con una vida emocionante aunque sencilla. Nunca fue hombre de lujos. Ir al cielo, tocar las nubes y sentir ser parte de ese universo, liberarse de esas ataduras del dolor que la vida le ha asignado vivir.
Se aproxima hasta él y lo coge entre sus manos. Le quita el tapón y vierte el contenido sobre la mesa. Las observa, con mirada perdida e inquietante desazón, respirando azaroso y pensando, decidiendo sobre su último aliento.
Sentado frente a la mesita y esas pequeñas pastillas blancas, por unos instantes se pierde entre anhelados recuerdos, cuando era feliz y tenía casa, esposa e hijos y en el trabajo sus jefes le daban palmaditas en la espalda cuando no tenía más remedio que echar horas extras. Ahora que se siente la peor piltrafa humana, comienza a tomar las pastillas de una en una contándolas… Una, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete… y todas las demás de golpe, en un impulso valiente, buscando un milagro desesperado por ser libre de verdad y olvidar que hombre fue y lo inútil que ha podido llegar a ser.
Al ingerirlas todas, bebe agua para acompañar el mal trago mirando sus manos temblorosas y sintiendo el cuerpo poco a poco desvanecer, comenzando a ver todo borroso y sin remedio alguno, cayendo sobre la mesita, quedando inconsciente, con los ojos cerrados y la boca entreabierta…
Un viaje interior se sucede, viendo como camina por un profundo pasillo oscuro e infinito, donde no hay nadie, solo una niebla transparente que le envuelve y mucho silencio. No puede oír sonido alguno, su cuerpo parece efímero y flota al caminar.
Después de avanzar por esa desconocida dimensión, penetra en una repentina luz más clara e intensa, llevándole a caminar por otro pasillo, un largo corredor donde todos los colores parecen ser grises, como si se viese en una película en blanco y negro. A su alrededor comienza a aparecer gente de todas las edades, que se aproximan como salidos de la nada y atravesando ese repentino y ensordecedor silencio, agregándose a esa repentina procesión silenciosa. Un señor de avanzada edad, le ofrece una cordial sonrisa y le habla de pronto…
—Amigo, ¿qué fue lo suyo? Lo mío, ya ves, el corazón se paró de pronto.
Una señora con cara afable y más o menos de la edad del hombre, se le acerca y le mira con esa mirada especial de abuela y también le habla…
—Jovencito… ¿cómo fue lo tuyo? Yo… ¡vaya! La operación no fue muy bien, el hígado… —se encoge de hombros y le acaricia una mano.
Sus ojos están perplejos y observan como salidos de sus órbitas, con mirada expectante y dentro de su cuerpo le bulle una extraña sensación de pánico. Percibe que su alma está herida y le invade una dolorosa angustia de soledad, pero lo peor es cuando se le aproxima una niña pequeña de unos seis años, casi la misma edad que uno de sus hijos y le coge una mano…
—Señor… —le dice— ¿Ha visto a mis papás? Íbamos en el coche cantando, no sé dónde están…
Se le hace el alma picado mientras una punzada se le clava en el corazón, que parece no estar dentro de su cuerpo, aunque siente las ganas de llorar. Pero sus ojos no expulsan lágrimas, permanecen secos, aunque siente como si llorase. Le envuelve una oscura desazón que le hace temblar y sentir un doloroso sufrimiento ajeno, difícil de describir.
Una multitud de gentío avanza a su alrededor en ese interminable proceso de supuesto camino al lugar de descanso que tanto añora. Toda esa gente, todas esas criaturas que han sufrido sus penurias en vida, que dejan atrás lo pasado, a las que les ha llegado la hora de avanzar y se encaminan al exilio de una libertad esperada y que todos tememos alcanzar. Avanzan relajados, sin miedo a encontrarse con esa verdad. Un destino al que todos estamos predestinados, tarde o temprano.
Al final del trayecto, de ese infinito corredor, todos se detienen para enfrentarse a una pared. Se siente como atrapado en una estrecha caja sin retorno. Pero pronto se ve liberado al ver que las personas traspasan como sutiles sombras ese muro sólido, como si fuesen cuerpos etéreos compuestos de una fina tela. Ante sus ojos desaparecen, llegándole el turno a él mientras siente un miedo confuso guiado por la mano del amor inocente de una niña, que viaja sola en ese apesadumbrado viaje.
Al otro lado, la gente se ha detenido de nuevo ante una enorme reja dorada donde un señor de blanco supervisa la entrada. Una sutil niebla blanca les comienza a envolver, mientras todos los que van por delante van traspasando ese umbral. Puede observar que a algunos les es negada la entrada y se disipan de pronto como humareda negra que desaparece. Eso le hace sentir incómodo, pensando que quizás él sea uno de ellos y viaje al confín de los infiernos para pagar su pase a ese destierro infinito por haber tomado el camino rápido de la desesperación.
 Al tocarle a él y a la niña, esta se despide sonriéndole y diciéndole adiós con una manita, después desaparece entre la niebla blanca.
—Usted… —Oye de boca del ser de blanco—. No debe estar aquí… —añade como refunfuñando y enfadado. Después le toca con varios de sus dedos en la frente, sintiendo su tacto cruel y repentinamente se siente caer al vacío, a un infinito descender en ese silencio rotundo y envuelto en oscuridad…
Por unos escasos instantes recorre en su mente en vagas imágenes lo que ha sido su vida. Los sentimientos que han vibrado en el interior del alma, tanto los buenos como los malos. Un repertorio de secuencias que le hace estremecer y soltar alguna lágrima perdida que ni siquiera ha podido sentir en la piel de ese cuerpo etéreo, que flota y desciende por un pozo oscuro al sinfín del ultramundo.
Al tocar el suelo, ha caído de culo en un lugar rocoso. Siente que hace mucho calor y de fondo le llega un extraño sonido que le hace estar intranquilo. Se levanta y camina hacia un corredor donde todo le recuerda a una simple cueva, donde la pared es roca y la luz de antorchas que iluminan con fuego es ardiente y rojiza.
Al terminar el túnel, llega a su final donde hay una inmensa lejanía, un valle infinito donde el fuego y la roca predominan. Un gentío de seres extraños grita y obliga a trabajar a otros hombres y mujeres normales que sudan y sienten cansancio eterno y puede apreciar que algunos, quizás por el tiempo allí pasado, tienen transformada alguna de sus extremidades. Unos tienen cola, otros ya tienen alguna de sus orejas similar a la de los guardianes que les atizan si no cumplen su trabajo. Otros pocos tienen alguna parte de su cuerpo combinada con la de humano: son como engendros que poco a poco se van convirtiendo en uno de ellos. Esos seres que vociferan son como extraños diablillos que llevan una especie de tridente con los que les atizan, pinchándoles en el culo. Imaginarse ser uno de esos monstruos le aterra, le hace sentir escalofríos. Alguna vez hubo imaginado cómo sería el Infierno después de ver tantas películas y series en la tele, además de escuchar las historias de los mayores cuando relataban cómo supuestamente sería ese mundo bajo tierra. Aterrado e intimidado, intenta esconderse para ocultarse de la vista de ellos, aunque no lo consigue, porque sin darse cuenta le han atisbado desde lejos, arriba en un puente de piedra donde vigila el supuesto jefe supremo. Quizás como muy bien se diría, el jefe de obras.
—¡Eh tú! —le grita.
Tembloroso dirige la mirada hacia la aterradora visión que le observa, señalándole con una de sus afiladas uñas. No sabe qué hacer. No puede huir porque no sabe a dónde, le han enviado desde el otro infinito, donde no tuvo cabida.
—¡Acércate! —le grita de nuevo.
Él se aproxima tímido y sintiendo temblar sus piernas.
—¡Sube hasta aquí! —le ordena y le indica las escaleras a un lado de esa extraña cantera.
Asciende por los escalones rocosos y llega hasta donde ese ser le espera impaciente. Desde esa distancia puede divisar el eterno valle donde se le pierde la mirada y donde el dolor y el cansancio se respiran en el aire.
—¿Cómo te llamas? —le pregunta, después mira en una especie de bloc donde buscar su nombre. Él se lo dice temblándole la voz que hasta ahora no había podido utilizar. Es como un suspiro débil y sin tono determinado, como si no tuviese cuerdas vocales…
—Soooy… paco —dice.
—No estás en la lista, no encuentro ningún Paco que ingrese hoy —le contesta con grave voz—. No tengo trabajo para ti —añade.
—¡Qué se podía esperar! —exclama defraudado—. Ni siquiera en el infierno puedo trabajar, también está en crisis.
—Este trabajo no está escrito para ti —le confiesa. Él se encoge de hombros y suspira débilmente, relajado, como si ya supiera de ello. El diablo lo mira sorprendido, después le vuelve a hablar—. No mereces esta profesión eterna, no has hecho mérito para ello —añade convencido.
El pobre hombre baja la mirada cabizbajo con síntoma de aceptación, como acostumbrado a recibir esa negativa.
—Has llevado una vida muy sana, sin comportamientos negativos. Has sido muy buen padre y nunca has delinquido —le dice como satisfecho de ello.
Por unos instantes siente su alma perdida en una lejana letanía donde ya no tiene regreso. Ni en el infierno pueden aceptar su descanso, aunque tuviese que estar castigado a trabajar la piedra entre un fuego incesante y eterno. Suspira de melancolía, encogiéndose de hombros y sin saber qué decir u hacer, esperando una orden, un nuevo toque de piel que le lleve a otra dimensión desconocida. Pero claro, piensa que solo conoce el cielo u el infierno, y ya ha estado en los dos.
—Mira a todos esos personajes que ahí ves trabajando, sudando, pagando por sus pecados. Son la mayoría asesinos, maltratadores, violadores, ladrones mezquinos que alguna vez han ordenado matar, asaltar, jefes de mafia… —expresa el diablo mostrándole su mundo—. Tú no eres uno de ellos, no perteneces a este grupo de infieles, de pecadores que han elegido esta forma de vida.
Paco le observa ingenuo y desconcertado, sin entender por qué le rechazaron en el abismo celestial y por qué le rechazan en el submundo del infierno.
—Entonces, ¿a dónde pertenezco?
—Has intentado quitarte la vida, eso es también un pecado muy fuerte. Quizás te manden al limbo, donde penarás tu castigo hasta que tu hora llegue. No has muerto porque el destino lo predijese, sino que lo has elegido tú.
Había oído hablar de ello o leído en alguna revista de casos paranormales.
–El limbo. ¡Vaya! Pasear como alma en pena por ese pasillo oscuro eternamente hasta cumplir la edad próxima al día verdadero de mi muerte… —masculla en su mente, deliberando.
De pronto, siente ser como succionado por el tubo de un aspirador y asciende como por un estrecho ascensor envuelto en un sórdido silencio. Ya no sabe qué pensar sobre ese extraño viaje al limbo. Soñar estar tranquilo en un verde paraje, donde las flores son infinitamente bellas y el cielo siempre azul. Ahora siente que su final ha sido triste, a pesar de no haber tenido un mal comportamiento en su vida pasada tiene que cargar con el castigo de ser un hombre cobarde y sufrir las consecuencias de ello. Pensó que llegar al cielo era más fácil, que el universo no tendría reglas y que todos serían iguales en ese lugar de esperado descanso. Ahora entiende que todos los actos realizados en la tierra son la compra de un pase que lo mismo te lleva a un cielo de cinco estrellas que ha uno de tres.
El ascensor se detiene y se abre una puerta en forma de cortina de humo oscuro. Comienza a caminar y oye lamentos, voces, cadenas que se arrastran por doquier. Pronto siente una desazón que le abruma y le hace sentir muy mal, tanto que no quiere seguir caminando hacia esa locura infernal. Hubiese preferido quedarse abajo y transformarse en un bicho de esos raros que atizan a otros con un tridente.
Repentinamente salido de la nada se le acerca un ser horrendo que, por su apariencia exterior, lleva muchísimos años penando. Un hombre con las ropas harapientas y rasgadas, envuelto como en telarañas que flota y llora desconsolado.
—¡Un nuevo! ¡Un nuevo! —grita con chirriante voz—. ¿Qué hiciste? ¿Cuántos años tienes que estar aquí? —le pregunta. Él se encoge de hombros con cara de espanto—. A mí me quedan unos años más para ir al paraíso —añade, mostrándole una sonrisa donde sus dientes están negros y carcomidos—. ¿Has pasado por la oficina de recepción? —le pregunta de pronto, después de un corto silencio.
Paco no habla por el shock, solo niega con un débil gesto de cabeza.
—Sigue por esa ruta, al fondo está la entrada, no hay pérdida…  —le indica, mientras flota a su alrededor y se pierde en la oscuridad oyéndose su lamento.
Camina por el corredor y al llegar se encuentra con un ser vestido de negro que oculta su rostro bajo la capucha de su túnica, entonces parece mirar en un libro lleno de nombres y después le dice…
—Tu nombre.
Él le contesta y le dice su nombre completo.
—¿De qué moriste? —le interroga desconfiado.
—Me tomé unas cuantas pastillitas… —contesta tímido.
—Aquí no estás en la lista —declara con voz seca, él no comprende, aunque se siente aliviado—. Le suele pasar a muchos por el afán de morir, creen que han muerto y se despegan muy pronto de su cuerpo. ¿Tan mal te va la vida por el mundo de los vivos que deseas como nada desaparecer?
Paco le mira, aunque no puede verle los ojos, se encoge de hombros sin saber qué decir.
—Mira, hecha una hojeada, observa el lugar a donde quieres ir —le muestra abriendo una ventanita hecha de humo negro que se disipa para mostrar al otro lado de esa ignorancia.
Al asomar la vista, puede comprobar un sinfín de seres que pululan correteando por largos corredores dentro de un extraño laberinto donde van y vienen, llorando, gritando, quejándose de su dolor. Algunos parecen llevar años así, cargando con las cadenas de su martirio. Hay muchos hombres y mujeres, e incluso jóvenes. Ese espanto le hace girar la mirada y echarse para atrás, después la cortina de humo vuelve a ocultar la ventana y desparece el horror.
—Aquí no te puedes quedar —le dice esa sombra parlante—. No puedo dejarte pasar aún.
Su semblante pálido de no muerto se torna azulado, sin comprender nada. Tampoco le quieren en ese otro nivel de la muerte. Solo desea un desesperado milagro que le haga vivir de nuevo.
Repentinamente siente caer de nuevo a un desconocido infinito y al abrir los ojos, oye un pitido extenuante y chirriante que le llega afilado a los oídos… PI, PI, PI… Inquietantes latidos del corazón que se hacen notar a través de la máquina conectada a su cuerpo.
Una enfermera entra apresuradamente y le atiende, mirándole a los ojos y comprobando su nítida visión. Le toma la mano y sorprendida le dice…
—Al fin de vuelta, al mundo de los vivos, ¿verdad? ¿Qué tal por ahí? ¿Descubrió algo que mereciera la pena?
Confirma con un sencillo gesto de cabeza y expresa con suaves palabras, casi complicadas, costosas de pronunciar y con un sabor agridulce en el paladar…
—Sí… que merece la pena… vivir…


viernes, 21 de enero de 2011

El Silencio de la Montaña, Cápitulo IV

Una brisa helada la envuelve de pronto y una especie de nieve clara y fina como espolvoreada, comienza a surgir de la nada ante sus ojos haciendo formas mientras sus ojos permanecen perplejos ante la visión. Una cara casi difusa mostrando unos huecos oscuros que señalan dos ojos asustados y una boca abierta formando una “o” que grita aterrada al tiempo que un brazo extiende su mano con ánimo de agarrarla, como si quisiese sentir el calor de su piel y así salvarse. Pide ayuda, un auxilio que no puede darle porque la forma creada de polvo de nieve se desmorona al contacto de su piel. Después se ser sorprendida con esa confusa aparición, una sombra oscura venida de pronto de la misma nada rodeada de malignidad la absorbe tragándosela y en el eco profundo de ese misterioso universo, se oye el susurro de su voz hecha grito que se apaga y se disuelve en el silencio. Elena está sobrecogida llena de una emoción consternada que provoca su llanto después de vivir esa sobrenatural aparición. Cae rendida al suelo de rodillas, motivada y angustiada sin entender realmente qué pasó.



Ha amanecido de nuevo y con el día, ella está dormida en el sofá cubierta por mantas. Al abrir los ojos siente dolor en su cabeza y malestar en el cuerpo a consecuencia de la noche pasada. Al darse cuenta de que el sol ya había entrado dentro de la cabaña, se inclina para levantarse. Al poner los pies en el suelo percibe la sensación de que ya no está sola. Camina sobre la tarima de madera con los calcetines puestos y va hacia la otra habitación. Allí, en la entreabierta puerta puede observar desde la distancia a Víctor semidesnudo sobre la cama. Su espalda y brazos descubiertos muestran su piel tersa, blanca y musculosa. Eso, le trasmite una placentera sensación que emociona sus sentidos al verlo, no quiere entender esa extraña atracción por ese confuso extraño que duerme sobre su lecho. Cuando despierta de su leve ensoñación primitiva, se vuelve sigilosamente hacia la cocina, se apoya sobre el mostrador para poder visualizar el exterior de la cabaña. Los cristales están empañados por los vapores condesados de la noche y no puede ver casi nada. Por un instante se le apetece café, pero no quiere hacer ruido. Lo único que desea es calzarse, abrigarse y salir de ese lugar. Claro que… pensándolo bien, solo él puede hacer su sueño realidad, llevarla de regreso al pueblo para poder tomar el primer tren que salga para la ciudad y regresar a casa.

Entiende que no puede negarse a ello, debe complacerla, es el guardabosque y su obligación tanto como deber es, auxiliar a los excursionistas, a los viajeros que se pierden, a la gente en general que precise de su ayuda por esos parajes.

Elena intenta no hacer nada de ruido mientras se coloca las botas, pero cuando toma el abrigo para ponérselo, siente la presencia silenciosa de Víctor a su espalda.
_ ¿No quiere un café?_ le pregunta conciso.
Ella se gira despacio y tímidamente puede disfrutar de la vista de un pecho varonil al cubrirse este mientras tanto con una bata.
_Bueno, yo… no quería hacer ruido_ dice titubeando.
_No importa, vamos, preparemos un desayuno digno_ la invita a ello.
La joven suelta el abrigo sintiéndose atrapada con ese misterioso hombre que pasó al parecer la noche en la intemperie. No sabe cómo pedirle explicaciones sobre ello, ni tampoco cómo reaccionará al oír la insinuación de que oculta algo.
_Me gustaría ir al pueblo, quiero volver a casa_ confiesa ella.
_Bien_ añade él_. Cuando coma algo iremos hasta su cabaña y recoge sus cosas.
Elena percibe de pronto cierta elasticidad de confusa tranquilidad, para acceder a su petición. Todo parece estar en calma y serenidad. Comparten una ligera sonrisa forzada, marcada en la comisura de los labios, aunque el ambiente es extraño y puede captar un aire de desconfianza después de lo sucedido en la noche.
Han salido al exterior, hay muchísima nieve y Víctor la conduce al cobertizo. En él, le muestra una moto-nieve.
_Bueno, cuando quiera nos vamos_ le dice.
_ ¡¿Ahí?!_ comenta quejicosa.
_Claro, ¿dónde si no?
_ ¿No tienes coche?
_ ¿Dónde crees que estas?_ le dice sorprendido_. Mira a tu alrededor, solo hay nieve, ¿qué coche puede rodar ahí?
_Pero… y, ¿mis cosas? ¿Cómo las llevo?_ muestra nerviosismo.
_Coges lo necesario en una mochila y cuando la nieve se derrita allá por el mes de Marzo, regresas a por el resto de cosas_ expone tan drástico.
_ ¿Cómo?_ contesta con asombro y poco convencida.
_No hay de otra_ responde seco_. Es eso, o quedarse en su cabaña.
Por un momento se queda pensando, ella solo desea salir de ese lugar de locos.
_Bueno, está bien, acompáñeme a mi cabaña a recoger las cosas más importantes y después me acerca al pueblo.
_Yo solo puedo dejarla en el camino cerca a la carretera principal, más no puedo seguir.
Ella gesticula mostrando rareza sin entender su postura y su negativa, pero en ese instante no dice más nada.
La moto se pone en marcha y ella lo abraza detrás pegada a su cuerpo y sintiendo el rugido del motor que retumba por todo el bosque. En un breve tiempo están frente a la cabaña de ella.
_Vale, espere que coja mis cosas_ le indica ella convencida.
Víctor espera subido en su moto cuando al poco tiempo sale ella preparada para la marcha. Observa como cierra con llave la puerta de la cabaña y como se dispone a subirse tras él.
_ ¿Cuánto hay hasta el pueblo desde ese camino?_ pregunta curiosa.
_Varios kilómetros y a pie…
_ ¿Algún coche podrá llevarme? Digo yo.
_No.
No le está gustando como se desarrollan los acontecimientos y eso le asusta un poco.
_ ¿Cómo voy air andando hasta el pueblo?_ pregunta con dureza.
Víctor se encoge de hombros más no puede contener la furia de saber que ella pueda estar en peligro, en un callejón sin salida.
_ ¡POR QUÉ VINO! No lo entiendo_ dice de pronto_. No se da cuenta de dónde está. Mire a su alrededor, todo está lleno de nieve y hay para rato.
_No puedo seguir ni un instante más aquí, en este lugar de locos.
_Si lo sabía, para qué vino, para qué arriesgarse a venir_ le recrimina como ofendido_. No lo entiendo.
Ella comienza a percibir lo que ya presentía pero que no quería aceptar. Víctor sabe más de lo que muestra. No se atreve a preguntar… ¿dónde estuvo toda la noche? Siente el cuerpo temblar y no puede quitarse de la cabeza la visión de ese “ente” que le pedía auxilio. Y cómo aquella cosa negra y maligna se lo tragaba. Pudo sentir el escalofrió y el temor que desprendía ese halo negro cuando absorbió al otro ser blanco formado de nieve en polvo.
_ No sé por qué vine. Fue un impulso, una intención desprevenida. No suelo creer en cosas ni hechos paranormales. Soy escritora y vivo de ello, de escribir, de inventar precisamente historias que son meras fantasías.
_Ahora entiendo, quería tener una buena historia que contar, ¿verdad?
Ambos comparten la mirada, pero no la verdad.
_ ¡No! No pensaba en ello, ya le digo que no creo y solo quería desconectar de la rutina, estar tranquila, nada más.
_Sí, será mejor que se vaya, no sé qué pinta aquí. ¡Nada!_ le alza la voz.
Pronto siente el tirón del motor y provoca que se agarre con fuerza a él, sintiendo el calor de su cuerpo penetrando en sus sentidos. No comprende qué le sucede con ese desconocido. Solo sabe que su deseo se hace cada vez más irresistible.
Siente el deslizar de la moto que corre a gran velocidad sorteando los obstáculos por la montaña. Está completamente asustada sintiendo la rabia del hombre al que abraza, como si su marcha le importara bastante.
Al llegar al final del trayecto sufre el racheo hacia un lado frenando en seco.
_Ya hemos llegado_ dice fríamente.
Elena se baja algo turbada por el trayecto mirando a su alrededor comprobando que todo el paisaje parece el mismo. No puede reconocer nada y es consciente de que puede perderse sola.
_Y, ¿dónde está la carretera?_ pregunta abrumada.
_Aquel poste tiene un cartel indicativo hacia abajo, ese es el camino que debe seguir, pero como está
tapado con la nieve… no puede verse bien.
Ella solo puede ver nieve y más nieve. Los árboles que bordean la carretera son aparentemente iguales, repetidos.
_Entonces, ¿no pasa nadie?_ dice preocupada.
_Con la tormenta de anoche la carretera está cortada al tráfico, es un puerto de montaña y en varias semanas no volverá la normalidad_ le comunica con tono pesimista.
_Pero, con la moto si podrías…_ comienza diciendo, pero no puede terminar la frase.
_Ya le he dicho que no puedo salir de esta zona_ confiesa. Penetra sus pupilas en la mirada de ella haciéndola estremecer, sintiendo casi un escalofrío.
Vuelve a observar el entorno dando una hojeada, en el interior de su alma sabe que no puede caminar sola por esa carretera, puede perderse, confundir la trayectoria y más si nieva de nuevo.
_No, no puedo…_ no puede terminar la frase.
_ ¡Decídase de una vez!_ le indica en tono seco y frío_ Ó se queda o se va_ añade drástico.
Elena por un instante toma aire y traga nudo volviéndose a subir en la moto con decisión.
_Volvamos entonces a la cabaña, por favor_ expresa con voz algo desalentada.
Víctor pone en movimiento la moto y acelera racheando y levantando polvo de nieve a su alrededor. Mientras regresan, ella ha podido darse cuenta de que les persiguen por entre los árboles la manada de lobos negros, esos que le atacaron y les pareció tan grandes para ser lobos corrientes.
Se ha puesto nerviosa e indica a Víctor sobre la presencia de estos.
_Son esos lobos otra vez…_ expresa ella con voz entrecortada por el frio.
Entonces el joven hace repechar la moto por otro sendero esquivando obstáculos, cuando la previene diciéndole: ¡¡Agárrate bien!! Justo en ese momento parecen volar por el aire unos instantes antes de volver a tocar tierra firme.
Los lobos salen por otra entrante y uno de ellos salta apresurado para rozar una pierna de la joven que grita asustada, viendo sucesivamente como el canino cae sobre la nieve dando varias vueltas de campana al esquivarlo la moto.
No puede entender por qué la han tomado con ella, está sorprendida y asustada al mismo tiempo. Grita a cada movimiento cuando son casi alcanzados por los animales salvajes que intentan darles caza de cualquier forma.
Por fin pueden llegar a la cabaña de Víctor, donde se refugian encerrándose dentro de ella.
Ella está desalentada por la confusa persecución, intentando calmarse, pero no puede. Los nervios los tiene a flor de piel y no puede dejar de pensar en el por qué quieren esos lobos comérsela.
_¡¡MALDITAS SOMBRAS NEGRAS!!_ le oye mascullar entre dientes a Víctor. Al sentirlo decir eso pone cara de asombro y circunstancia.
_ ¿Por qué vino?_ le dice de pronto_ ¡Por qué!_ añade como enfadado_ Está bastante claro que la quieren a usted.
_ ¿Usted?_ repite ella_ Me hablas de pronto de usted_ añade sorprendida.
En el exterior los lobos no dejan de aullar alrededor de la casa. Los oye aterrada sintiendo miedo en su interior, protegiéndose a su espalda como si eso solucionara su pánico. Él, asegura puerta y ventanas, mientras le regala una mirada de disconformidad y enfado.
_Me dijo que no había lobos_ le recrimina ella.
_Y…
_ ¿Qué más no me dijo? ¿Eh?_ le pregunta con indignación.
_ ¿Qué quiere decir con eso?
_Anoche…_ le dice_ Por ejemplo, ¿dónde estuvo? Nevaba, hacia viento, no creo que fuese el momento de dar un paseo nocturno_ añade persuasiva.
_Estuve haciendo mi trabajo.
_Si claro, cortando leña_ le responde sarcástica.
De pronto cesan los aullidos. Al parecer se habían ido o se habían cansado de esperar. Ella suspira de pronto melancólicamente y se sienta en el sofá.
_Es increíble, cosa de locos, abstracto.
_Irreal…_ termina él la frase.
_Sí, precisamente eso. No puede negarme que es normal todo lo que pasa en este lugar_ expresa convencida de ello.
_ ¿Qué le persigan lobos? O, ¿qué se halla encontrado conmigo?_ la interroga buscando perderse en su mirada.
_Todo. Todo es extraño, usted…_ no puede terminar la frase cuando él le ha cortado para continuar diciendo…
_Ahora eres tú quién me habla formal.
_Sí, vale tienes razón_ corrige_. Tú, no eres normal, veo cosas que se salen de la realidad, esos lobos, la cabaña en la que vivo durante estos días, esa voz que me susurra en la noche…
_Tú no crees en ella, ¿verdad?_ le pregunta.
_No. No claro.
_ ¡Lo ves!_ grita de pronto_. Entonces para qué te preocupas tanto por la voz, por mí, por los lobos, si no crees en ello_ añade como si se sintiese ofendido por todo eso.
_ ¿Debería?_ pregunta ingenua_. No entiendo, creo que voy a volverme loca.
_No sé porque estás aquí, no lo entiendo.
De pronto se muestra cabizbajo volviéndose hacia la ventana con la mirada acuosa, brillosa que la invade de pronto llenándola de un extraño sentimiento de culpabilidad que no llega a entender, pudiendo percibir su malestar. Entonces al perderse en su mirada de pronto, le llega un ahogado grito desesperado que puede sentir desde el interior de su alma a través de sus ojos, justo cuando parece oscurecer el día. Puede tanto esa sensación calar en sus huesos, que le brotan lágrimas sin esperarlo.
_El lamento que surge en la noche, que envuelve mis sentidos, que pide auxilio desesperadamente… lo vi, lo leí en tus ojos. ¿Es eso posible?_ dice en alto sin poder retirar la mirada absorta en la suya.
_ ¿Lo has visto? ¿Pudiste verla?_ interroga con tono tenue y apagado.
_Sí, bueno anoche_ comenta_. Se hizo visible y pude captar una especie de sombra…
_Sombras negras…_ repite él con tono bucólico.
_Sé que no lo imaginé, era real, de verdad_ seguía explicando como si no lo hubiese oído pronunciar
palabra.
_Crees en ello_ le dice convencido_, dentro de ti, crees en todas estas cosas, en esas supuestas fantasías de las que hablas y escribes, aunque te lo niegas, no sé por qué_ añade explicativo, orientando sus ideas, como haciéndole ver la luz, mientras parece emocionado por ello.
_Es loable que quiera negarlas, podrían encerrarme por ello_ le explica como derrotada, como si al expresar eso le llevara más allá de un recuerdo lejano.
_Mira dentro de tu corazón, busca la verdad y no te niegues a ella_ le aconseja como si fuese su mejor amigo.
Entonces ella siente palpitar su corazón como si sufriese de pronto, como si la llevase a un viaje por la mente para conducirla a un recuerdo oculto y lejano de su celebro, algo de lo que ya no quería acordarse. Camina como abstraída por esa sombra de su pasado hacia la ventana, él la sigue y se coloca tras ella mientras ella se abre a él relatando una faceta de su vida, una experiencia vivida y que quería recordar.
_Yo era muy joven cuando se la llevaron. No podía reprimir mis ansias de gritar, de llamarla, de pegar a mi padre puñetazos en su vientre mientras dejaba que se la llevasen aquellos hombres de blanco.
_ ¿Era tu madre?_ le pregunta con tono triste, consternado por ella.
_Sí_ responde con la mirada perdida_. Era la mejor madre del mundo, me quería, me protegía y me cuidaba muy bien_ confiesa como orgullosa de haber tenido la mejor madre del mundo_. Un día comenzó a explicarme cosas que para mí eran meras fantasías, típicas de los cuentos, cuentos que me relataba a la hora de dormir, otras historias que eran más delicadas, más terroríficas, pero yo les daba la importancia que se merecían. En cambio él, no, no lo hacía, se ponía duro con ella y le regañaba como si fuese una niña pequeña a la que a hecho algo muy malo y que no puede volver a hacer lo mismo. Yo lloraba cuando les oía gritar por ello, entonces le decía a mi madre que no me contase nada más, que no pasaba nada porque no me contase cuentos, que había madres que no lo hacían, que solo quería que mi padre no la regañase más. Ella me sonreía, me acariciaba y me decía, que tenía que hacerlo, que debía saber sobre la existencia de esa otra puerta a la que estaba predestinada a cruzar. No lo entendía, para mí era normal todo eso, pensaba en la capacidad mental que tenía ella para crear esas historias, pensaba que era la mejor madre del mundo, la única en pintar en su mente tantas escenas fantásticas. Le decía que yo podía escribirlas mientras las relataba, pero a escondidas de mi padre que si las llegase a descubrir las quemaba sin remedio. Soñaba con que mi madre se hiciera la más exitosa de las escritoras, hubiese estado muy orgullosa de ello. Mi padre no lo aceptaba, se negaba y decía que estaba loca y me iba a contagiar su enfermedad. Un día les oí gritar cuando pensaban que yo no estaba, que había ido a jugar con mi vecina, entonces le oí decir que todo eso era verdad, que ella no era de este mundo real y que había venido desde al otro lado de esa realidad y que ahora reclamaban su descendencia. Eso enarboló a mi padre y fue la gota que colmó el vaso, no lo soportó y llamó para que se la llevaran. No podía entenderlo, a mí no me afectaba nada su enfermedad, me gustaba todo lo que me contaba aunque ella creyese que todo era cierto a mí eso me daba igual, era feliz con su fantasía, no hacía daño a nadie. Él no lo comprendía_ suspira un instante y se vuelve buscando su mirada, por un momento se hace el silencio.
_Por esa razón te niegas a creer en lo que ves y oyes, crees que la enfermedad de tu madre te ha poseído también_ comenta aclarativo.
Ella hace un gesto de conformidad poniendo lágrimas en sus ojos y mostrando una terrible tristeza que hace que él no pueda dejar de abrazarla. Llora desconsolada entre sus brazos fuertes que dan calor a sus sentimientos doloridos por el recuerdo.
_Ellos saben que estás aquí_ dice de pronto, haciéndola sentir extraña_. Vienen a por ti.
_ ¿Por qué?_ interroga indecisa.
_Porque tú eres la llave de su destrucción_ dice conciso_. Es tu destino, él te trajo hasta aquí.
_Entonces es cierto, hay algo oscuro en todo esto. Algo que desconozco pero que presiento. No sé que tengo qué hacer.
_Debes explicarme todo lo que recuerdas, cosas que te contó tu madre, alguna clave que pueda servirnos para que puedas dar el primer paso y no te pille el peligro desprevenida.
_Y esa sombra que auxilia y me busca, ¿quién es?_ pregunta.
_La voz de tu pasado que aclama tu ayuda, la voz de tu gente que necesita ser salvados por ti.